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viernes, 17 de abril de 2015

Eduardo Galeano: las venas abiertas del fútbol



"La pelota y yo nunca pudimos entendernos, fue un caso de amor no correspondido. También era un desastre en otro sentido: cuando los rivales hacían una linda jugada yo iba y los felicitaba, lo cual es un pecado imperdonable para las reglas del fútbol moderno".

Eduardo Galeano

Eduardo Galeano era un fanático de la moral pero no lo era del fútbol, lo que quizá es una afirmación un tanto arriesgada para un tipo que amaba tanto el fútbol como el uruguayo.

Pero quizá por eso vivió exiliado en Barcelona del 73 al 85 mientras la dictadura campaba en su adorada Uruguay, y quizá por eso escribió a calzón quitado un libro como “Las venas abiertas de América Latina”; una reflexión que casi seguro hoy no hubiera suscrito, lo que seguramente dé mayor jerarquía y valor a esa cualidad que actualmente tanto escasea: la franqueza.

Pero para Galeano el fútbol era otro cantar. Al fútbol lo amaba como uno ama las cosas que verdaderamente ama, sin plantearse por qué las ama, sin responsabilidades ni facturas, sin deudas ni acreedores, porque sí.

Peter Esterházy, el gran escritor húngaro que algún día será Premio Nobel y cuyo hermano jugó con Hungría el Mundial de fútbol del 68, hablaba del forofismo de su madre remarcando irónicamente ese fanatismo que todos conocemos y ejercemos (todo hay que decirlo), construido sobre la ceguera, la parcialidad y la demagógica argumentación, pero eso sí cimentado en rigurosos argumentos técnicos…

Galeano no era de esos. Galeano no amaba el fútbol como trasunto de la vida, como ese vencer o morir de la madre de Esterházy. Quizá por esa condición de desterrado que te hace amar doblemente la patria, y la única patria común es la infancia, Galeano amaba el fútbol como belleza que nace de la alegría de jugar porque sí, como locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana… porque Galeano es deudor del niño que juega sin saber que juega, sin motivo, sin reloj y sin árbitro.

Galeano era hijo de ese milagro futbolístico que es Uruguay. Ese país de tres millones de habitantes más pequeño que Extremadura que ha ganado dos mundiales y ha dado a luz desde Schiaffino a Francescoli, hasta Forlán o Luis Suárez por citar los más recientes. Sólo que en vez de jugarlo, tal como confesaba: «Me fue muy mal porque siempre fui un .pata dura. terrible. La pelota y yo nunca pudimos entendernos, fue un caso de amor no correspondido». Optó por vivirlo y escribirlo. A Galeano le corría Uruguay por las venas, y el fútbol corre por las venas de Uruguay. El mismo Galeano afirmaba que: «Todos los uruguayos nacemos gritando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades, hay un estrépito tremendo». 


No sé, mientras escribo estas líneas del tirón, creo de corazón que todos los que hemos escrito de fútbol, hurgando un poco más allá de su mecánica y de su mística, le debemos a Galeano algo. Ese algo es su Fútbol a sol y sombra, esa mezcla de anécdotas, vivencias, sentimientos ficciones y realidades que es la Literatura con mayúscula. Ese algo es que nos mostrara que si se escribe bien, el tema es lo de menos.

Creo firmemente que Galeano hoy estará jugando con toda esa pléyade de figuras estelares que tanto admiraba, no porque fueran estrellas sino porque se atrevieron a ser unos mocosos caras sucias que regateaban hasta al marcador. 

Creo firmemente que estará sobre un verde infinito, sin público, sin árbitros, sin trofeos de por medio, sin negocio, sin taquilla, sin presiones, sin reloj, ya sólo para siempre uno más de esos niños que corretean a carcajada batiente detrás de un balón, que gracias a Dios, siempre corre más rápido.

jueves, 16 de abril de 2015

Eduardo Chillida: El portero del aire


“Yo he tenido muy en mente toda la vida lo que he aprendido del fútbol. La gente se ríe cuando digo esto, pero en el fútbol yo aprendí muchas cosas que he utilizado después en la escultura”.
Eduardo Chillida (1924-2002): escultor universal y portero de la Real Sociedad

En el arte, en el fútbol, posiblemente en la vida, casi todo se puede aprender, pero nada o casi nada se puede enseñar.

Todos conocemos a Eduardo Chillida como posiblemente el escultor español más importante de todos los tiempos. Como el autor de ese magistral peine del viento, que acaricia el espacio y el tiempo de San Sebastián, recibiendo sin descanso las olas y los vientos frente al horizonte inalcanzable: “No vi el viento, vi moverse las olas, no vi el tiempo, vi caerse las hojas”, diría el artista para definir ese diálogo preñado de preguntas, entre el acero y las fuerzas de la naturaleza.

Pero Chillida también fue espacio y tiempo en el mundo del fútbol. Portero esculpido y forjado en las playas de Donosti, debutó con la Real Sociedad el 27 de septiembre de 1942 en un partido contra Osasuna.

 Hijo de familia acomodada, no olvidemos que su padre Pedro Chillida fue presidente de la Real Sociedad entre 1942 y 1945, Chillida quiso ser arquitecto y preparó el ingreso a la Escuela Técnica Superior de Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid, aunque abandonó por discrepancias con su idea y manera de entender la arquitectura, para volver al País Vasco y dedicarse al fútbol gracias al legendario entrenador txuri urdin Benito Díaz ( Tío Benito) que le fichó recién llegado a la Bella Easo tras su periplo en el Girondins de Burdeos.

La Real Sociedad era por entonces un equipo ascensor. No está de más recordar que en los 40, en plena posguerra, la Real tuvo que vender para sobrevivir económicamente, lo que imposibilitaba la constitución de un bloque estable y competitivo. Tras la campaña de 1939/40, la Real Sociedad perdió a sus dos mayores promesas, el portero Ignacio Eizaguirre y el delantero Epi, que fueron fichados por el Valencia CF , llegando ambos a ser internacionales. Tras la nefasta temporada 41/42 en primera división en la que se cosecharon unos paupérrimos 12 puntos en 26  partidos, la temporada 42/43 fue la del ascenso. Esa temporada el portero fue un prometedor Eduardo Chillida.

Chillida jugó los catorce partidos de liga como titular encajando dieciséis goles. La Real se impuso en su grupo, y luego superó en la liguilla final a Real Valladolid, Sporting de Gijón, SD Ceuta y Jerez CF. La Real Sociedad consiguió aquel año el ascenso directo a Primera División al quedar segundo tras el Sabadell. Sin embargo, una sucesiva cadena de lesiones fue debilitando su menisco, hasta su último partido contra el Valladolid en el que se retiró lesionado tras chocar con el potente delantero Fernando Sañudo.

Aunque entonces se habló de rotura meniscal, por la evolución y largo tratamiento con cinco intervenciones quirúrgicas, con el tiempo se especuló que probablemente sufrió una compleja lesión de ligamentos cruzados y meniscos de la rodilla. La realidad es que en el encuentro de reaparición, precisamente contra el Real Madrid, la lesión se reactivó en el que fue su último partido.

Aquellos escasos catorce partidos fueron suficientes para que le echara el ojo el FC.Barcelona, y que fuera pretendido por un Real Madrid en el jugaban conocidos vascos como Alsúa, Arzinegui o Querejeta. El Real Madrid de entonces, si bien había endosado al Barcelona un histórico 11-1 el la Copa del Generalísimo, andaba errático en una Liga en la que acabó el 10º. Pero coincidiendo con la llegada de Santiago Bernabéu en 1943, que fue presidente durante los siguientes 35 años, se estaban poniendo los cimientos de lo que llegaría a ser históricamente el club. Lo que hubiera podido nacer si esas negociaciones hubieran fructificado (y sobre todo si Chillida no se hubiera retirado con sus escasos 19 años), nunca lo sabremos, aunque resulta evocador imaginarlo.

El gato Chillida explicaba que el fútbol es un espacio bidimensional, y que el área y el marco de la portería constituyen la única realidad tridimensional de un campo, un diedro, para concluir que posiblemente las cualidades para ser un buen escultor y un buen portero son prácticamente las mismas… y así se lo relataba al cineasta Gonzalo Suárez: “En la portería aprendí cosas nuevas sobre el espacio y el tiempo, porque en ese lugar están actuando, y de qué manera. La portería es la única zona tridimensional del campo. Donde ocurren todos los fenómenos activos del fútbol es en el área y en la portería”.

Su inteligencia también la puso al servicio del fútbol: “Hubo un momento en el que intenté todavía, después de cinco operaciones, volver a jugar, poco a poco. Entonces ya no tenía la posibilidad de moverme con la velocidad que me movía antes ni de usar una pierna al mismo nivel que la otra. Por eso, cuando me tenían que tirar un penalti en los entrenamientos con Benito Díaz, que es el que me cogió a mí para la Real, me colocaba, no en el centro de la portería, sino un poco más a la derecha. Ellos debían pensar que estaba tan nervioso que me estaba colocando mal. Yo les dejaba tirar y sabía que lo iba a tirar por la izquierda, y paraba muchos penaltis”.

Su obra más importante relacionada con el fútbol fue el gran mural que le encargaron para el estadio de fútbol de Atocha en San Sebastián, del que sólo se conservan los dibujos preparatorios.

En una larga entrevista concedida a la periodista mexicana Sanjuana Martínez, Chillida a sus 77 años hablaba de fútbol. “Si no me lesiono, yo sería entrenador, en vez de escultor (…). Después de la lesión no podía saltar como antes (…) Cosas como estas tienen que ver con el espacio, el tiempo, la velocidad y la geometría, porque cuando un portero sale a buscar al delantero está reduciendo el tamaño de la portería”.

 Chillida dejó de ser portero para convertirse en posiblemente el escultor español más universal de todos los tiempos. ¿Se imaginan qué portero podía haber legado la historia, si no se hubiera lesionado ese genio que vivió obsesionado, no por el ángulo recto, sino por el ángulo que hace el ser humano con su sombra? Ese genio, que en su infinita modestia y pasión por su trabajo, era capaz de tener en la mente esta reflexión qué él mismo acuñaba cada mañana antes de ponerse a domar el aire, para forjarlo desde el hierro, espacio y tiempo:

 Tengo las manos de ayer, me faltan las de mañana.

 Qué portero perdió el fútbol, pero qué artista ganó la humanidad.

@crodrigo999

miércoles, 1 de abril de 2015

Platko: Poesía y tango


Franz Platko: Budapest 1898, Santiago de Chile 1983, portero y entrenador húngaro. Destacó con la selección húngara y como guardameta del FC Barcelona, como técnico hizo tres veces campeón al Colo-Colo, de Chile.

Rafael Alberti Merel: El Puerto de Santa María 1902-1999, poeta y miembro de la Generación del 27. Está considerado uno de los mejores poetas españoles de la Edad de Plata de la Literatura Española junto a Lorca y Aleixandre.

El 20 de mayo de 1938, Jose María Cossío (escritor y académico vallisoletano recordado principalmente por su enciclopedia taurina), invitó a Rafael Alberti, de quien por entonces era su editor, a Los Campos de Sport del Sardinero de Santander, a una final de Copa de España que duraría tres partidos (ya que entonces no existían las ahora tan denostadas tandas de penaltis) entre el F.C. Barcelona y la Real Sociedad de San Sebastián.

Alberti, que andaba con depre poética (agujero de oscuridad, bracear agónico en busca de una salida a la superficie habitada, al puro aire de la vida… Escribiría recordando esos días en sus memorias La Arboleda perdida) mientras buceaba en lo que sería su poemario Sobre los Ángeles, acompañó al Sardinero a su editor, con el que estaba pasando unos días en su casa montañesa de Tudanca. De esos días y de esa tarde de fútbol, nacería el posiblemente más famoso poema de la historia del fútbol: Oda a Platko.

Ya el sábado 19, automóviles de todas las regiones de España se acercaron a Santander, junto a trenes y autocares que llegados las primeras horas del sábado 20, hicieron que a media mañana ya no quedaran entradas para el match. A las cuatro y veinte de la tarde de aquel domingo, por lo caluroso, de verano, el árbitro Vallana (auxiliado en las bandas por Martín y Serrano) pitó el principio de la final de Copa, tras el intercambio protocolario de saludos y ramos de flores.

Durante el partido primó la lucha y la emoción sobre un pobre juego; el entusiasmo de los donostiarras fue neutralizado por la experiencia de los blaugranas, resultando una contienda equilibrada, algo que solía ser muy habitual en aquellos concursos regionales.

Tras un comienzo titubeante, Marculeta (el mejor del partido, todo hay que decirlo) estuvo a punto de marcar un goal a Platko, que atajó con, como sibilinamente un cronista denominó, peculiar seguridad, evitando que se abriera el marcador.

Pero en el minuto 32 Cholín, decidido y enormemente valiente, lanzó una formidable patada que en vez de impactar en el esférico, fue a estamparse contra la cabeza del cancerbero húngaro Platko, de la que empezó a manar abundantísima sangre. Retirado del césped el oso rubio, se reanudó el partido, sustituyendo al herido el jugador de campo Arocha (que también hay que decirlo hizo un par de intervenciones de mérito).

En aquellos momentos de incertidumbre surgió la figura del mago Samitier, que hilvanó momentos brillantísimos de juego hasta que también tuvo que retirarse lesionado, dando principio a los peores momentos del un Barcelona disminuido que tuvo que recurrir al juego duro para sobrevivir.

Ya comenzada la segunda parte Platko, sus seis puntos de sutura y Samitier vuelven al terreno de juego, ambos con la cabeza vendada, para euforia de sus aficionados, que tornarían en éxtasis cuando el propio Samitier perforó la meta de un desolado Izaguirre, tras pase medido de Sastre, a los 10 minutos del segundo tiempo.

Tras varios incidentes, lluvia torrencial incluida, dura patada de Samitier a Arrillaga, choque de Cholín con Platko en el que el húngaro pierde la venda, y algún que otro altercado que hizo intervenir a la propia Guardia Civil para poner paz… Marculeta se hace dueño de un partido, en el que brillaría su inteligente energía en la distribución del juego y su serenidad, para destacar notablemente sobre el resto. Así llega el empate a 1 en el minuto 38 obra de Mariscal, tras shoot imparable, para alborozo de la hinchada realista (que fue mayoritaria en el partido).

Tras la prórroga, con reseñadas marrullerías y violencias barcelonistas, en la que el omnipresente Marculeta de un derechazo quitó el polvo al travesaño catalán, el partido finalmente acabó en tablas. La final se reanudaría el martes siguiente a las 11 de la mañana con las mismas alineaciones y la sensible baja de un vapuleado Platko al que sustituiría el meta catalán Llorens. Pero esa es ya otra historia.

Rafael Alberti
Un algo menos sosegado Alberti recordaba épicamente el encuentro: “Un partido brutal, el Cantábrico al fondo, entre vascos y catalanes. Se jugaba al fútbol, pero también al nacionalismo. La violencia por parte de los vascos era inusitada. Platko, un gigantesco guardameta húngaro, defendía como un toro el arco catalán. Hubo heridos, culatazos de guardia civil y carreras del público. En un momento desesperado, Platko fue acometido tan furiosamente por los del Real(sic) que quedó ensangrentado, sin sentido, a pocos metros de su puesto, pero con el balón entre los brazos. En medio de ovaciones y gritos de protesta, fue levantado en hombros por los suyos y sacado del campo, cundiendo el desánimo entre sus filas al ser sustituido por otro. Mas cuando el partido estaba tocando a su fin, reapareció, vendada la cabeza, fuerte y hermoso, decidido a dejarse matar. A los pocos segundos, el gol de la victoria penetró en el arco del Real, que abandonó la cancha entre la ira de muchos y los desilusionados aplausos de sus partidarios.”.

Hay que aclarar, como hemos visto, que el partido acabó empate a 1, lo cual no quita un ápice al hermoso poema.

Sirva como cierre que Platko tuvo una larga y fructífera carrera como jugador 1914-1933 (Vas-és Fémmunkások, WAC Viena, Middlesbrough F. C., Sparta de Praga, MTK Budapest F. C., Basel) y entrenador 1933-1965 (Basel. Mulhouse, Barcelona, Arsenal, Colo- Colo, River Plate, Selección de fútbol de Estados Unidos, Valladolid entre otros).

Como curiosidad decir que en ese partido hubo un tercer ilustre, el gran Carlos Gardel, que no dudó en remedar su tango Patadura para meter en la letra a Piera, Sastre, Zamora, Samitier y Platko, y del que transcribo (como aperitivo de la Oda) estos impagables versos en los que pueden sustituir las palabra chingás por fracasaste y chambón por fracasado o chapucero para su mejor comprensión y deleite.

Chingás a la pelota,
Chingás en el cariño,
El corazón de Platko
Te falta, ché, chambón.
Pateando a la ventura
No se consiguen goles;
Con juego y picardía
Se altera el marcador

Carlos Gardel

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Oda a Platko

Ni el mar,

que frente a ti saltaba sin poder defenderte.

Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más rugía.

Ni el mar, ni el viento, Platko,

rubio Platko de sangre,

guardameta en el polvo,

pararrayos.

No nadie, nadie, nadie.

Camisetas azules y blancas, sobre el aire.

Camisetas reales,

contrarias, contra ti, volando y arrastrándote.

Platko, Platko lejano,

rubio Platko tronchado,

tigre ardiente en la yerba de otro país.


¡ Tú, llave, Platko, tu llave rota,


llave áurea caída ante el pórtico áureo !

No nadie, nadie, nadie,

nadie se olvida, Platko.

Volvió su espalda al cielo.

Camisetas azules y granas flamearon,

apagadas sin viento.

El mar, vueltos los ojos,

se tumbó y nada dijo.


Sangrando en los ojales,

sangrando por ti, Platko,

por ti, sangre de Hungría,

sin tu sangre, tu impulso, tu parada, tu salto

temieron las insignias.

No nadie, Platko, nadie,


nadie se olvida.

Fue la vuelta del mar.

Fueron diez rápidas banderas


incendiadas sin freno.

Fue la vuelta del viento.

La vuelta al corazón de la esperanza.

Fue tu vuelta.

Azul heroico y grana,

mando el aire en las venas.

Alas, alas celestes y blancas,

rotas alas, combatidas, sin plumas,

escalaron la yerba.

Y el aire tuvo piernas,

tronco, brazos, cabeza.


¡Y todo por ti, Platko,
rubio Platko de Hungría!

Y en tu honor, por tu vuelta,

porque volviste el pulso perdido a la pelea,

en el arco contrario al viento abrió una brecha.

Nadie, nadie se olvida.


El cielo, el mar, la lluvia lo recuerdan.

Las insignias.

Las doradas insignias, flores de los ojales,

cerradas, por ti abiertas.

No nadie, nadie, nadie,

nadie se olvida, Platko.

Ni el final: tu salida,

oso rubio de sangre,


desmayada bandera en hombros por el campo.

¡ Oh, Platko, Platko, Platko
tú, tan lejos de Hungría !

¿Qué mar hubiera sido capaz de no llorarte?

Nadie, nadie se olvida,
no, nadie, nadie, nadie.

Rafael Alberti

Carlos Rodrigo

La marcha verde


“Pues verá Míster, no corro porque correr es de cobardes…”

  (Rogelio, jugador legendario del Betis  desde 1962 a 1978, metió diez goles olímpicos)


Decía el gran Juan Bonilla, que “los domingos matan más personas que las bombas”; y es que el aburrimiento es una de las peores enfermedades del hombre contemporáneo, por ese ingrediente fatal que tiene de dejar desocupadas las cabezas cuando pocos son los privilegiados capaces de soportarlo.

Pero no se preocupen, que para  garantizar nuestro sagrado equilibrio y  canalizar ese punto fundamental de locura que se recomienda y debe ser consustancial al ser humano, los dioses inventaron, entre otras pasiones: el fútbol y la literatura.

Nos hacemos aficionados – eso que los ingleses llaman tan precisamente supporters por su sádica combinación de disfrute y aguante-, y el fútbol es la afición española por excelencia junto a la envidia y la crítica, por esa fórmula magistral de locura e inteligencia antibiótica del tedio.

Un nostálgico Goethe decía que “hasta una sucesión de días hermosos puede llegar a ser aburrida…”. Y es que el fútbol es como la caza (la otra gran afición del ser humano en sus distintas variantes…): a cazar uno va a ganar, pero lo bueno es que si uno ni caza ni gana no se viene abajo, sino que la afición aumenta.

Pero no nos pongamos estupendos y díganme: ¿qué equipo español ha sido el único en ganar 5-0 al Bayern de Munich, ha sido campeón en todas las categorías y ha sido el primero en ganar la Copa del Rey?

Pues, obviamente, el mismo que ha sido declarado por el sanedrín popular como el equipo más literario de la historia del fútbol, por aquello de que su once titular comenzaba por Cervantes y acababa por Calderón, o el más competitivo (ríanse de las dificultades de Illarramendi para entrar en el 11 titular del Real Madrid) por lo otro de que tuvieron que renunciar a fichar a Maradona a favor de su enemigo íntimo porque: “con García Soriano, López, Eulate, Cardeñosa y Benítez, ¿a quién iban a sentar para poner al pelusa?”.

Por eso de que la felicidad cuando se convierte en otra manera de aburrimiento deja de ser felicidad,  muchos nos consolamos diciendo que nos gustan  los equipos imperfectos, así como nosotros, con lunares, estrías, pero reyes magos de la simpatía, que montan la procesión del silencio cuando pierden, que se miran aliviados resoplando cuando ganan sin haber dado una a derechas, que meten el dedo en el ojo al eterno rival cuando en el fondo no pueden ni quieren vivir sin él…

Los equipos capaces de montar una marcha de 30.000 aficionados hasta el pueblo de al lado para ver un partido… como hizo el Betis aquel 19 de marzo de 1952 tras siete años como siete plagas en el pozo de tercera, peregrinando a Utrera  30.000 y metiendo 15.000 en un campo en el que sólo cabían 7.000… hasta el punto de que según la leyenda- aún hoy no desmentida-, allí se cuentan los años a razón de A.B y D.B… osease antes del Betis  o después del Betis según efeméride…

En fin, que algo tendrán esos conjuntos, aparte de guasa no exenta de mal café, con aficionados que, en el lecho de muerte, son capaces de pedir que les hagan del Sevilla por aquello de que no muera un bético (y/o que muera un sevillista…, que de todo tiene que haber en la viña del Señor) o de ponerse tan profundos y senequistas como para afirmar imperturbables que: las ideas pasan pero el Betis permanece.

Por  todo ello y porque me apetece les voy a recomendar, por encima de colores (aunque muchos béticos verdolagas ya se han encargado de recomendárselo con más guasa que otra cosa, a sus vecinos sevillistas palanganeros) el pequeño librito del escritor sevillano Antonio Hernández  Betis: La Marcha verde (1987, reeditado por Algaida en 2008 : El Betis la marcha verde y otros cuentos de fútbol), libro divertido, chocarrero y deliberadamente parcial de un beticista de pro, pero que por encima de filias y fobias es una radiografía novelada de este bendito invento tan divertido y tan humano, demasiado humano que diría Nietzsche, llamado fútbol.

Artículo escrito por: Carlos Rodrigo